Piel de leopardo

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¡Que mañana tan hermosa!

Pensó mientras abordada el bote en el que se iría de pesca. Era un hombre sencillo, nacido en un pequeño pueblo pesquero. Sabía disfrutar de un lindo día soleado y adoraba el olor del salitre del mar. El agua azul y la arena blanca, palmeras altas y el suave vaivén del bote.

Suspiraba e inhalaba aquel olor a playa como si en cada bocanada de aire se pudiera llevar dentro de sí un pedacito de ese paraíso.

El bote se alejó de la costa y el agua se hacía más azul en cada segundo que pasada. Ya no era una playa, ya estaba en mar abierto cuando lanzaron las cañas y las carnadas esperando poder llegar a casa con un dorado gigante y un marlín fantástico. Miraba el mar profundo con los ojos brotados de la emoción como quien espera una sorpresa. Cuando  en la profundidad azul vio una pequeña luz brillante, fue algo extraño y pequeño, un destello apenas perceptible, pero al él estar tan inmerso en ese color azul sin fin,  lo diviso y fue hasta cierto punto intrigante.

Habían seis personas con él en el  bote, todos en lo suyo, uno con las cuerdas, otros con las carnadas, otros solo cantando y el resto, bebiendo y hablando cosas sin sentido ni conexión, hablando por hablar entre amigos, cervezas y sol… ya sabes,  esa hermosa platica de borrachos que no llega a ningún lado y de la cual nos encanta participar.  Nadie más vio el destello, solo él, miró a los demás y al ver que nadie más lo vio se sintió algo feliz, como si haber visto algo fuera de lo normal lo hacía  a él especial, otra vez volvió a sonreír de manera tonta y bajó la mirada desde el azul del cielo hasta el azul del mar sin ver nada de lo que tenia frente suyo, como si la vida normal no importara, como si los demás no existieran. Solo esos dos hermosos azules.

Una vez más vio el destello, pero esta vez vio que lo producía, era un pez o algo parecido, era verde claro y amarillo, redondo y no se movía, parecía una bola pequeña  en medio de tanto azul, lo más curioso es que parecía seguirlo, mirarlo a él, frente a frente, él en el bote, el pez en medio de ese inmenso y profundo azul.  Por alguna razón ya no le parecía tan hermosa experiencia, no pudo mantener los ojos en ese raro pez y en un parpadeo este desapareció,  imagino que el bote adelantó y lo dejo atrás, después de todo el bote se movía y el pez parecía estático en ese lugar. Pero no salió de su mente, siguió pensando en el pez cuando retorno a la camaradería otra vez, risas, cervezas y carnadas. Pero ahí estaba ese pez en su cabeza.

Ya en la tarde y como siempre lo invadió una extraña sensación de melancolía, se sentó al frente en el bote a recordar, a pensar.

Sol, viento, calor, confort, relajamiento y paz. Le encantaba sentarse y estar solo con sus recuerdos. A pesar de los amigos y la vida cherchera era una persona solitaria. Le gustaba la soledad.  Se sentía cómodo con ella, o mejor dicho.  Se sentía cómodo en ella.

Sentado en la proa con los pies colgando y la mirada clavado en el agua volvió al pasado, a cuando era un niño. Recordó cuando una vez que estaba en la playa con su familia se sentó igual que ahora a solo mirar el agua azul y profunda en el muelle de su puedo, sus pies colgaban y su mirada clavada en el profundo azul.  A su espalda jugaban los otros niños igual como ahora juegan sus amigos a ser pescadores sin que a él le importara algo más que mirar el agua, como si buscara ver algo en ella. Esa vez sentado en el muelle,  Lo vio.

Entre la bruma y el movimiento de las olas y la ligera espuma sobre el agua pudo ver un ojo negro que lo miraba, sabía que era un ojo porque no pasaron dos segundos cuando vio la figura completa de un enorme tiburón que estaba bajo sus pies, casi en la superficie mirándolo a él. Quizás por la Inocencia de la niñez o el estupidez natural de los que buscan demasiado donde se supone no hay nada se quedó mirando él también al enorme tiburón que no parecía moverse, no estaba nadando, estaba estático en el agua mirándolo. Se giro lentamente y se puso de frente, entonces pudo ver sus enormes ojos, pasaron segundos o minutos, quizás horas, no importa. Esa mirada se clavo en su memoria en un lugar profundo esperando ese hermoso día de pesca para volver a salir desde lo más profundo de mente solo para que un escalofrió suba por su espina dorsal hasta erizarle cada bello del cuerpo. El tiburón lentamente fue girando y le dio la espalda, con una calma aterradora fue sumergiéndose otra vez en lo profundo y desapareció.

Volvieron las risas y los chistes de borrachos entre anzuelos y carnada. Caminó hasta ellos y tomó una cerveza, la miró y disfruto ese sorbo frio, no se había dado cuanta que estuvo mucho tiempo al sol y el calor era intenso, esas cerveza de verdad que supo bien.

Aun estaba parado cuando volvió a ver el destello debajo del agua. Se apresuro a pararse otra vez sobre la proa y mirar aquello que le parecía tan curioso. Esta vez estaba ahí, nítido. Azul y amarillo, brillante y redondo, una esfera brillando en medio de un mar tan profundo como él se podía imaginar. Como hipnotizado se sentó otra vez con los pies al aire y solo tenía ojos para aquella cosa.

Cosa que se fue acercando cada vez más, hasta quedar a unos pocos metros. Solo entonces pudo distinguir que era un ojo, un ojo que lo observaba al igual como el observaba el agua. Sintió pánico, paralizado no pudo más que  suspirar profundamente, lenta y entrecortadamente.  Ese suspiro dejó salir de su interior un terror indescriptible.

Sus ojos desorbitados los sintió como escamas cuando pudo articular un movimiento y espabiló por primera vez, volteó la cabeza lentamente para entender que esa paz de la que tanto disfrutó se debía a que estaba solo en el bote, no quedaba nadie en el. No podía dejar de pensar en ese ojo que estaba ahora a pocos metros en el agua debajo del bote y en su espalda, pero tenía que seguir mirando al bote porque escuchaba pasos que se acercaban. Una figura salió de la cabina y se detuvo frente a él.

No pudo ver eso que  salió del agua sin producir el mínimo sonido, era espeso pero suave. Tenía un olor agradable y si no estuviera cagado de miedo hubiera disfrutado cuando su cuerpo levitó y se puso horizontal frente al sol, cerró los ojos cegado por la luz y se sumergió suavemente en el agua, tan delicadamente que se sintió casi consentido.

Sintió que eso que lo tomó y llevo al agua lo trataba a él como el trataría también un pétalo de rosa.

Su confusión y miedo duraron poco, inhaló aquel olor extraño y en unos segundos estaba tan relajado y quieto que se quedo dormido.

Despertó  asustado de nuevo, en una habitación tan grande que no podía ver el techo, no podía ver las paredes y no podía ver el suelo, estaba acostado con los brazos extendidos y con la sensación que de que no estaba solo, no veía que o  quien estaba con él pero sabía que había algo mas en ese habitación, muy a lo lejos vio otra vez la figura que se detuvo frente a él en bote y que ahora se alejaba dejándolo solo en aquel lugar.

Comenzó a temblar de miedo y su respiración era tan fuerte que le dolían los pulmones, paralizado y sin poder decir una palabra trataba de mirar al suelo  lograr ver eso que se movía debajo,  pero no pudo. Levantó un poco la cabeza y vio que en su cuerpo no tenía ni un solo pelo, estaba tan limpio como una bombilla, algo tocó su espalda y una vez más desapareció el miedo. Ya no temblaba, ya no intentaba moverse, en esa calma supo que estaba en presencia de lo que había visto una vez de noche pescando.

Esa noche vio una figura que lo observaba de cerca pero sin salir del agua. Muy grande y con inteligencia, porque cuando  ponía el foco que tenia de frente a la criatura esta se hundía y emergía en otro lugar más lejos o más cerca, pero sin dejarse ver por completo.

Contaba esa historia y la gente no le creía, algunos se reían y le decía que era un manatí, pero el sabia que no. No podía describir lo que vio, pero sabía que no era ni un manatí ni una ballena.

Ahora está ahí, otra vez,  y esta vez demasiado cerca. Mientras pensaba en eso que vio a medias en una noche oscura. Sintió como algo arropaba sus piernas, una sensación como si una sabana lo cubriera, no sintió miedo, no sintió dolor, no sintió nada.

Ya no sentía las piernas, pensó que se había quedado sin sensación en estas porque estaban adormecidas. Intentó encontrarlas y no lo logró. La misma cálida sensación arropo su brazo derecho, y después su brazo izquierdo, no los sentía.

Me estoy quedado paralizado otra vez,  pensó. Miraba arriba sin sentir nada, el tacto había desaparecido, entonces sintió la misma suave sensación en su estomago y que un frio enorme lo arropaba. Frio y vacio, que sensación tan extraña pero, también que calmado se sentía.

Con un enorme esfuerzo levantó un poco el cuello y fue entonces cuando vio que de él solo quedaba su torso, de hecho solo quedaba la mitad a la altura del pecho, sus entrañas se habían brotado a la intemperie y por eso la sensación de frio en sus órganos vitales. A pesar del espanto no hubo ninguna reacción al miedo. Se sentía anestesiado y calmado, otra vez venia esa sensación cálida y lo arropó hasta la altura del cuello,  pudo ver un poco de esa cosa que lo estaba devorando tan gentilmente, sin dolor ni sufrimiento más que el espanto de saber que está siendo comido vivo.

Al tener el labio de esa cosa tan cerca separando suavemente su cuello de sus hombros con una mordida tan delicada que no necesitaba ni ejercer presión como si aquellos labios enormes ocultaban dientes tan firmes y afilados como navajas. Vio la piel y noto que era parecida a la de una manta raya con pequeñas manchas de camuflaje parecidas a la piel de un leopardo.  Brillante y mojada.

Estaba consciente de que ya de él solo queda el cuello y la cabeza, aun así no sentía miedo, esa saliva que dejó en su cuello parecía anestesiar cualquier sensación de dolor o espanto.

De sus sentidos solo quedaban la vista y el tacto. Sintió que su cabeza fue tomada dese atrás y a su cara le dieron una mordida a la altura de los ojos, quedando de él solo la parte superior de su cabeza, solo sus ojos y su cerebro, el cuello y la quijada ya no estaban. A pesar de todo eso su mente estaba lucida y en calma, pensó:

– Ahora debo parecer una manzana a medio comer.

Fue una ocurrencia tan extraña que en medio de lo que estaba pasando si hubiera tenido labios se hubiera sonreído.

Su mente seguía pensado, pero estaba aliviado. Sabía que solo habían pasado unos segundos desde que había recibido el primer mordisco y que solo le quedaban otros segundos de lucidez antes que llegue la oscuridad total, sin embargo ahí estaba, haciéndose preguntas y riendo de su destino. No pensaba en nada, no sentía pena ni rabia. Solo curiosidad de que iba a pasar ahora.

Desde la parte de atrás de su conciencia sintió como se iban apagando sus neuronas, como se le  iba yendo la luz, como llegaba la oscuridad y se sorprendía de seguir consiente aun sin cuerpo y sabiendo que lo poco quedaba de él estaba a punto de ser comido por completo, con un solo ojo vio como una boca se abría sobre él y supo que era el fin, pero también que ese fin en el que algo se había comido su cuerpo no había acabado con su conciencia, entonces entendió que a pesar todo había algo más. Algo que estaba a punto de descubrir.

Cerró su ojo y se dispuso a ver qué pasaría después de ser un último bocado.

Fue liberador cuando pensó:

-Llego la hora. Veamos que sorpresas me trae consigo la muerte.

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