Iguales

carretera_4

El viaje de Miguel no era tan largo, había estado de visita en el pueblo vecino por asuntos de trabajo que al fin y al cabo ni importante eran para el. A las dos de la tarde en pleno julio el calor hervía la sangre y derretía el cerebro de los que iban en la destartalada guagua cargada de campesinos, algunos sentados en sus sacos de plátanos, cocos o en huácales de gallinas.  El olor a gente triste y a polvo confundía la mente de Miguel quien ya no sabia que hacer para soportar el dolor de cabeza en medio del sudor que le ardía en los ojos y se le quedaba como miel en las manos.  Se miraba la ropa y su camisa blanca se volvía transparente por la viscosa materia en que se hundía. 

Los campesinos lo miraban como se mira a una persona que esta vestido para algo importante y quedaba claro que no era estar en esa guagua que parecía que en cualquier momento se iba a desarmar por el peso de tiempo, el mal trato y los bultos en su techo. Después de un rato que por más corto que fue pareció interminable, un señor se desmonto en medio de la carretera cerca de un caminito que se perdía en el bosque y daba la impresión de no conducir a ningún lado. Fue entonces cuando se desocupo un lugar y vio por primera vez a una mujer que cargaba una niña de apenas dos años.  Se sentó a su lado y la señora lo miro de arriba abajo como si lo estuviera tratando de reconocer, ya que le impresiono lo sincero de su sentada, lo hizo como quien esta acostumbrado a la pobreza y no le importa el sucio del asiento. Ni la mugre que era evidente en todo el vehiculo. Inmediatamente se sentó la niña lo tomo de la mano como si lo estuviera esperando, ambos se sonrieron pero ella de inmediato se tapo la carita con sus manitas con vergüenza. – como te llamas?- pregunto el. Yafreidi contesto la madre con una sonrisa mientras miraba la niña. 

Se veía triste y cansada, como quien viene de un viaje desde el fin del mundo. La niña desnuda de la cintura para arriba  se recostó de la camisa de Miguel y la madre de se lo trato de impedir, pero el no se lo permitió, déjala, dijo. Después de un rato ella estaba en sus brazos buscando dormirse con su nuevo amigo desconocido que casi instintivamente le cantaba despacito una canción que debió gustarle, pues se quedo escuchándola como si la hubiera escuchado durante toda su vida.  La madre sucumbió al cansancio inmediatamente la niña se paso completamente a los brazos de Miguel. 

La niña paso de dormir a jugar, de jugar a comer y de comer a querer cantar, con las manos sucias de comida y tierra, y los pies polvorientos ella se sentía como en su casa.   Después de unos minutos la madre despertó y sorprendió a su hija cantando a todo pulmón canciones que solo ella entendía, mientras miraba su dedito de  más al lado de meñique. Al ver a su madre sonrío y se volvió a recostar en Miguel como diciéndole que este era ahora su amigo. Venimos de muy lejos, dijo la madre, estamos en estas desde ayer en la mañana, ya no puedo más.   

Hablaron vagamente de sus nombres mientras el calor evaporaba toda paz, las canciones de la radio mas que entretener molestaban, pero la gente a su alrededor parecía ignorar todo lo que no fuera el sol que los quemaba en el silencio de la tarde.

Durante un lago rato todo se quedo en calma,  incluso la niña parecía disfrutar la brisa que suavemente entraba por las ventanas a la hora que empezaba a atardecer. Cuatro horas después la mujer llego a su destino, la guagua se detuvo en un pueblecito que parecía tan triste como la gente que esperaba algo diferente en la parada.  Se levanto del asiento con una prisa dolorosa y su gran  barriga delataba que estaba con un embarazo muy adelantado. Tomo a la niña y salio de prisa a pisar el tierra firme. Entre el polvo que se levanto con el viento la niña extendió la mano y se despidió de Miguel quien le devolvió el gesto con los ojos através de la ventana polvorienta.   

Cuando el vehiculo retomaba su camino con una tos espantosa que mas que ruido de motor parecía lamento de enfermo vio una señora que contemplaba asombrada su camisa. Los demás campesinos no daban crédito a la ocurrencia de Miguel y ni siquiera intentaron esconder su asombro. La señora india de ojos verdes lo miro con una sonrisa que parecía decir te entiendo y Miguel solo atino a decirles con otra enorme sonrisa que parecía decir que era una persona muy feliz. – Tengo una hija de su edad- 

La señora dejo salir una tierna carcajada – Lo se –  dijo,  mientras le pasaba  un pañuelo impecablemente limpio.

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