Frente al fuego con el abuelo.

manos-ancianoEl día había transcurrido como en una caldera,  caluroso e inclemente como todos los que les había tocado vivir durante el año a los  habitantes del pequeño puedo donde nació y siempre vivió el abuelo. Era un viejito de cómo 91 años, pero su cuerpo era firme y duro como si fuera 30 años menor, su mirada era esquiva y su sonrisa torpe, miraba siempre al suelo, nuca ponía los ojos sobre los de otra persona, creía que era una falta de respeto o un legado de tiempos de casi esclavitud pagada por los españoles y americanos colonizadores de estos alejados parajes.

 

Nos sentamos frente a la fogata que hizo mi padre y me senté frente a el como lo hace uno frente a un desconocido, como si no fuera yo de este planeta me miro de repente, como quien descubre una nueva forma de vida me pregunto que eran esos tapones para las orejas y le conteste que un radio, se río y dijo, ¿aipol?  Sonreí y dije si.

 

Escuche ese nombre el año pasado que estaban aquí los hijos de Miguel. Su hijo más viejo. La casita se veía no muy lejos,  era hermosa, típica y acogedora,  estaba artísticamente techada de palma fresca, no muy lejos de nosotros la podía ver como una obra de arte en la oscuridad de la joven noche que nos arropaba, el olor del estiércol de vaca me hacia sentir en un lugar muy lejano del mundo conocido, los pavos y las gallinas criollas no se veían por ningún lado, todos los animales dormían en sus corrales ecepto los perros que ladraban y estaban inquietos por tantos rostros extraños en su recinto.

Lo mire al rostro y oculto de mi su mirada. Le vi triste, no le pregunte porque, vi que sus manos temblaban, se las frotaba y las pasaba por la cara repetitivamente, parecía un gesto de un desesperado, se veía mal, como que algo le preocupaba.  Algo no estaba bien, pero no se que era, le pregunte que le pasaba y fue el único momento que me miro a los ojos, tristes y grandes como el dolor que lo carcomía por dentro.

 

Me duele el corazón me dijo. Me duele la vida y me pesa el alma, quiero oler un olor que me huela a limpio, quiero sentir un sentimiento que entienda y ver una luz que me ilumine el camino que día día frente a mis ojos se oscurece, necesito escuchar un sonido y volver a sentir la nada como me golpea la cara en las mañanas frente a la playa de mi desolada tristeza. Quiero vivir una vida otra vez, pero esta vez sin patrones ni señores que me dicten los pasos y gobiernen el destino. Interrumpe su lamento con lágrimas de dolor y se levanta del tronco en que descansaba su ya muy cansado cuerpo.

 

Me duele la vida, decía mientras lloraba y todos asustados nos poníamos alrededor  del abuelo a escuchar su lamento. Me duele el corazón, gritaba, me pesa el alma, hay… no soporto esto. Mi padre llego con las aun manos sucias de barro a socorrer al abuelo que entre llanto sorpresivamente agonizaba. Me duele el corazón decía, me pesa la vida gritaba, no puedo respirar, me ahogo, ayúdenme que me ahoga el dolor que por dentro derrite mi alma.

 

Y así pasaron las horas y el abuelo lentamente se moria, lloraba y nadie entendía a que se debía tanto llanto. Todos se preguntaban si estaba el abuelo lamentando alguna vieja y ya olvidada injusticia,  o si un dolor oculto lo carcomía como el fuego. La noche entro y el abuelo no callaba, las yeguas se inquietan y los perros ladraban al viento y aullaban con tanta persistencia que parecía un mal presagio.  Las nubes cubrieron la luna y el fogón del patio abadanado lentamente se apagaba, nosotros sin saber que pensar nos sumíamos en la desesperación de la calma de quien espera lo peor y se prepara a recibir la muerte en el alba.  Las piedras del patio y las ramas de los arbustos anunciaban lamentos, la tierra árida con lagrimas se mojaba,  nos hundiamos en el silencio  y los ojos se nos apagaban, los gallos ya  anunciaban la triste madrugada.

 

De repente, todo quedo en silencio, nadie lloraba,  mirábamos la casa de lejos esperando que una figura emergiera de la oscuridad y nos diera la noticia, pero nadie lo hizo. Yo por ser el más grande de mis hermanos me arme de valor y decidí entrar a ver que había pasado dentro. Mi padre yacía arrodillado en el piso de tierra frente a la cama de paja de mi abuelo,  en la cama el viejo,  con los ojos aun abiertos y la mano en el pecho como quien se quiere sacar con las manos el corazón estaba el viejo, muerto, desolado y tristemente muerto, tan muerto como siempre había estado su esperanza, mire el resto de los adultos que atónitos miraban el techo y no lo pude soportar mas,  salí de la casa con el alma en la manos, y frío el estomago, amargo el paladar y sin saber que era lo que realmente le había causado tanto dolor al abuelo, dolor que con solo preguntar que le pasaba desencadeno tanto llanto y dolor que ahora estaba muerto. Sin que el porque nadie lo sepa, sin que medie pudiera hacer nada para evitarlo, y lo peor de todo,  sin nadie que lo entendiera.

6 comentarios en “Frente al fuego con el abuelo.

  1. La tristeza mas grande es morir sin haber vivido. El abuelo se dio cuenta de algo muy valioso ya a la hora de su muerte. Y me imagino que lo que dijo tuvo cierta intencion de prevenir a su familia para que no mueran asi. Lo peor fue que nadie comprendio.

    Hay que trabajar duro para morir conforme. Nunca es tarde para darse cuenta que la vida puede ser mas simple y pura si lo decidimos asi.

    Buena historia. No sabia que escribias ficcion.

    Un abrazo.

  2. A veces es difícil entender el dolor de los demás cuando muchas veces ni el nuestro lo podemos entender, pero si con su muerte dejó un mensaje, y es que no debemos dejar que la vida pase por nosotros sino nosotros pasar por ella.

    Muy buena historia, Víctor.

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